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Friday,Jan 30 2009, 12:08:29 PM"El paraíso de las gallinas"
Y una mañana mientras iba a la fábrica en tranvía se me
ocurrió que tenía que ir a hablar con Ceauşescu. Así que, en vez de llegar hasta
la zona industrial, me bajé en la estación y cogí el tren. No compré ni billete,
porque no llevaba tanto dinero encima. Antes de llegar a la segunda estación,
aparece el revisor y me pregunta cómo me va la vida, le digo que no tengo ningún
billetey que me deje en paz. “Pero, ¿adónde vas?”, “A ver a Ceauşescu”,
le digo mientras me fumo un cigarro. Me mira de hito en hito y sigue a lo suyo
sin decir ni pío. Me siento entonces como en América: cualquier cosa que hubiera
dicho podía haber sido empleada en su contra. Se da un par de vueltas por los
vagones, sin siquiera preguntarme “¿me dejas pasar?”. El paquete se me estaba
acabando y, justo cuando echaba la última calada, el tren entra en la Estación
Norte, como si hubiera estado esperando aquel preciso momento en el que yo
estaba apurando el cigarro para poder llegar. Seguro que es una señal, pensé yo.
De haberme quedado sobado en algún asiento en vez de estar ahí fumando, al lado
de la ventanilla, seguro que hubiéramos llegado el día del juicio final por la
tarde. Me bajo medio mareado después de tanto meneo y me voy directito al Comité
Central. En fin, que llamo a la puerta… y cuando todavía no había acabado de
llamar me sale un armatoste de oficial, con la gorra del revés, todo sudado, el
pobre se moría de calor me parece a mí, y va y me suelta: “Y tú, moldavo, ¿qué
quieres?”. No podría decir exactamente por qué sabía que yo era moldavo, porque
el caso es que yo no había abierto aún la boca, pero la verdad es que no supe
dónde meterme. Aquello me dejó más turulato que la cicatriz aquella que tenía en
la cara y que metía miedo ella sola, porque a la mole aquella no le hacía falta
ni llevar pistola. A lo primero pensé que era uno de esos que te leen el
pensamiento, porque se coscó desde el principio, pero luego me di cuenta de que,
por muchos pensamientos que leyera, tampoco podía saber que soy moldavo, porque
yo en ese momento no andaba pensando que soy moldavo y, además, los pensamientos
en general no tienen acento moldavo. “Quisiera hablar con el Camarada Nicolae
Ceauşescu, Secretario General del Partido Comunista Rumano y Presidente de la
República Socialista Rumana”, le suelto más tieso que un palo, con las mismitas
palabras que pone en la primera página de todos los libros del colegio, porque
el caso es que, estaba tan asustado, que me estaba defecando encima, por decirlo
de alguna manera. “¿Hablas en serio, moldavo? Me parece que a mí que te han dado
el primer premio en el colegio, ¿no?”. “En serio, señor. A sus órdenes, señor.
No he ganado el primer premio en el colegio, señor”, contesto yo como en el
ejército, rápido y al grano, intimidado por el uniforme. “¿Y del Comandante
Supremo de las Fuerzas Armadas no has oído hablar, eh? ¡Al suelo!”. “Pues sí, he
oído hablar, señor” grito yo al aire, porque al oír aquello de al suelo, ya me
estaba tirando yo por tierra. Sí macho, me metió en cintura con una orden que
sacó de mí todo el tabaco que me había fumado en el tren. Lo mismo era esta la
señal... Después de ponerme perdido, saca una sillita, me invita a sentarme, me
da un vaso de agua del grifo, el tío era buena gente pero a su manera, y él va y
se abre una lata de cerveza, que a mí al principio me pareció una granada,
porque en mi vida había visto algo parecido. “¿Y a ti qué mosca te ha picado con
el Tío Nicu?”, me espeta el muy cabrito. Yo ni le contesto, ¿o lo mismo se
pensaba que era tonto?. Contestarle era como estar de acuerdo con lo de “Tío
Nico” y estar de acuerdo era como haberlo dicho yo. Justo lo que esperaba que
hiciera. “Bien, ya veo que no quieres contestarme, lo mismo es algo secreto, me
dice el muy listo. Espérame aquí, que voy a ver si está en casa”. Da un par de
pasos, se vuelve y me pregunta: “¿Quién le digo que pregunta por él?”. Yo me
quedo de piedra. ¿Y yo quién soy? ¿Qué coño podía decirle? “¡Un miembro de la
clase trabajadora!”, le contesto lleno de orgullo, pero a la vez cagadito de
miedo. “Un maestro troquelador”, añado; no sé, en ese momento pensé que sonaba
mejor, como una especie de cargo. “La madre que lo parió al moldavo este”
refunfuña el mamotreto, impresionado; creo que se arrepentía de haberme puesto a
hacer a aquellos ejercicios tan jodidos de instrucción. Entra el tío en su
cubículo y habla en voz baja con alguien por teléfono. Al salir, va y me dice:
“Has tenido suerte. Justo está a punto de irse de viaje a Zimbawe, pero me ha
dicho que te puede recibir, que cómo va él a rechazar a un maestro troquelador.
Ven conmigo”. Se saca un trapo del bolsillo y me venda los ojos. Y me lleva, hay
que joderse, de izquierda a derecha no sé cuántas veces, menos mal que el tío no
me dejó solo porque seguro que, con tanta vuelta, me hubiera muerto de hambre
antes de encontrar la salida. Cuando me quita el trapo de los ojos, me veo en un
sala llena de médicos con bata blanca y estetocopios colgados al cuello,
bebiendo café. Dejan un momentito el café y uno me dice que saque la lengua,
otro me saca sangre, otro me mete una linterna de esas de bolsillo en el ojo,
otro me ausculta con el fonendoscopio y otro, con perdón, empieza a buscarme no
sé qué en el culo. Por debajo de las batas, se adivinaban las estrellas y las
condecoraciones, yo creo que eran generales de postín. Un reconocimiento médico
como aquel no han vuelto a hacerme en la vida y seguro que no pillo otro hasta
que me hagan la autopsia. El tío me venda otra vez los ojos y yo con tanto
pasillo casi me vuelvo majareta: no olía más que a café y a filetes rebozados.
Después de coger como dos veces el ascensor, el tipo me quita la venda y me
dice: “Esa es la puerta. Mejor entra tú solo, porque no le gusta sentirse
vigilado. Dile que vienes directamente de la calle a preguntar qué tal está. Y
pregúntale también por Leana [N.T. Elena Ceauşescu], que si no se mosquea. Ah,
que no se me olvide, llámale hijo predilecto del pueblo, que es lo que
más le gusta”. Y el armatoste me suelta una sonrisa de esas que te entran
escalofríos, porque con la cicatriz aquella parecía que se reía con dos bocas.
Era un tío muy enrollado, pero a su manera.
Llamo a la puerta y, cuando aún no había acabado de llamar,
oigo: “¡Adelante!”. Me quito el gorro, por decir algo, porque no llevaba gorro,
empujo la puerta y entro. Hay que ver cómo me latía el corazón. Estaba en su
despacho y echaba los dados: “Si sale el tres, me voy a Zimbawe, si no, les digo
que estoy enfermo. ¡Seis! ¡Ya está, estoy enfermo! Si sale el tres, estoy mal de
la tensión, si no, estoy resfriado. ¡Tres! ¡Acerté! ¡Estoy mal de la tensión!”.
Y yo allí, sin decir palabra, ya ves, a ver si iba a cagarla. “A ver tú,
moldavo, ¿qué dices que sale?” me pregunta a bocajarro. Yo, chitón. “¡Venga,
rápido, que no me sobra el tiempo!”. “¡Cuatro!, camarada Secretario General del
Partido Comunista Rumano, Presidente de la República Socialista Rumana,
Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, hijo predilecto del pueblo”, digo yo
por decir algo. Y se le iluminó la cara como una rosa, macho. “A ver qué sale…
¡Cuatro! ¡Qué suerte tiene el cabrón del moldavo! Tienes un Dacia de mi parte”.
Me moría de ganas de preguntarle qué hubiera pasado de no haber acertado, pero
no me atreví. “Sólo que no es un Dacia nuevo, tiene un año. Lo perdió Bobu
jugando al tute”.
“¡Gracias, Secretario General del Partido Comunista Rumano,
Presidente de la República Socialista Rumana, Comandante Supremo de las Fuerzas
Armadas, hijo predilecto del pueblo!”. “Venga, no me seas ñoño, que estamos aquí
los dos solitos y me puedes llamar Nicu, como todo el mundo”. Yo estaba que no
me lo creía. Un tío de lo más legal, lástima que se lo cargaran como a un perro.
La asquerosa era la Leana. En lo que estaba yo allí, pensando en si denunciaba o
no a Lita, porque ahora que tenía un Dacia ya se iba a solucionar lo de llegar
tarde, entra una señora vestida con el traje popular, con una bandeja en la que
había pan y sal, pero guapa de verdad, un poco más, chaval, y me caigo de culo.
Sólo que el muy putero no me dejó ni siquiera alegrarme un poco la vista, porque
la echó a toda pastilla de allí: “¡Venga, pírate de aquí! ¿no ves que estamos
atareados?”. Se le veía en la cara que estaba muerto de celos.
“¡Perdóneme, pensaba que era la delegación de China!”, trina
la lozana, con una voz melódica como la de Irina Loghin, la cantante.
“Está-tá-tá-tá al lado”. Se había puesto de mal humor y tartamudeaba. “En fin…
veamos el orden del día. ¿Qué asunto urgente le trae por aquí?”. Cuando vi que
me habla como se habla en el partido, pensé que la había cagado. “Es que… yo soy
miembro de la clase trabajadora…”. “Y vienes de la calle sólo para ver qué tal
estoy”. “Sí, essastamente, y también para ver qué tal se encuentra la
camarada Elena, su compañera sentimental, intelectual de renombre y madre
adorable”. “Pues la verdad es que ella está regulín, justo acaba de mandarme
decir que tiene catarro… Y yo estoy mal de la tensión, pero en fin, qué le vamos
a hacer, el deber es el deber, para la causa del pueblo no hay baja médica que
valga”. “Así es… cuánta razón tiene usted…es como para repetirlo una y otra
vez”. “Pero, ¿qué te pasa, estás sordo, o qué?”, “No, pero así se decimos en mi
tierra”. “Ya…”. Me lo quedé mirando, estaba como un marajá en el sillón y con
las uñas rascaba los puntos del dado. “Menuda mierda, el punto este negro se
quita. Ahora me entero”. Yo respetaba en silencio su ocupación. “¡Por eso
siempre gana el canalla de Postelnicu!”.
El salón era grande, y tenía hasta tele en color y cortinas
de Pascani. “A ver, moldavo, cuéntame. He oído que la gente se queja… ¿tú tienes
leche para tus hijos?”. Menudo marrón. ¿Cómo coño iba a decirle que tenía que
levantarme a las tres de la mañana para conseguir una botella de leche? Que uno
tenía que hacer cola hasta que echaba raíces? “Pues… lamento informarle de que
yo personalmente no tengo hijos, camarada Secretario General del Partido…”. “¡Un
momento! Muy mal lo de no tener hijos, moldavo. ¿No te da ni pizca de vergüenza?
¿O es que yo no he dicho en alguna plenaria que tenéis que tener hijos, con tal
de que hagáis algo?”. “Perdóneme, camarada Secretario General…” “Pues ahora
mismo te vas a tu casa y te pones a hacer hijos, si no quieres que te quite el
Dacia. Que igualito que te lo doy, te lo quito, a ver si te crees que estoy de
broma”, dice él. Yo adopto la postura de la campanilla, con la cabeza agachada,
¿qué coño podía decirle? “¿O es que tienes problemas con la manguera?”. A lo
primero no supe lo que quería decir, pero luego lo cogí enseguida. “No, camarada
Secretario General…”. “Porque si tienes problemas con la manguera, mejor será
que me lo digas. Te llevo yo a un médico tailandés, que hierve unas plantas de
esas que tienen ellos, te bebes la infusión, que está asquerosa, igual que el
güisqui, y luego es como si tuvieras un martillo pilón, ¡te lo digo yo! ¡Ya
verás como partes hasta el hormigón!”. “No, yo no… camarada Secretario General
…”. “No me seas vergonzoso, hombre. Me lo dices y la cosa se arregla. Qué
cojones. Y así también tú pones tu granito de arena en lo del crecimiento
demográfico”. En serio que así me lo soltó. Me moló el tío, y mira que lo
cosieron a balazos. Qué majo era. La asquerosa era la Leana, os lo digo yo. En
lo que estuve yo allí ni siquiera entró en el salón, y eso que tenía invitados,
¿o no? Y la cosa de la demografía no era moco de pavo, tenías que haber visto
que sermón me soltó… Dijo no sé qué del interés nacional y de un deber
patriótico por parte de los dos sexos, pero ya ni me acuerdo, porque la historia
nunca se me ha dado bien. Mirad lo que le pasó a un amigo mío con eso de la
natalidad, para que veáis que la cosa va en serio.
Un día se acerca su mujer a la ciudad, porque había oído que
se vendía no sé dónde papel higiénico; ellos que vivían en un pueblo de por
allí…. Pues eso, que vendían papel higiénico, como doce rollos por persona y
había una cola como para volverse loco. La pobre mujer está como cuatro horas en
la cola, coge su ración depapeldelculo y, al llegar a casa, sorpresón,
entre el papel ese grueso y áspero con el que te hacías sangre al limpiarte, no
encuentra más que trozos de la Biblia: “Romanos 13”, “píritu Santo”,”ablo” etc.
Toda la familia, ojiplática. Luego se enteran, con la oreja pegada a Europa
Libre, la radio esa, que habían reciclado un cargamento de Biblias recién
llegadas de Occidente y de ahí toda la movida. El caso es que su mujer va y dice
que no puede, de ninguna manera, Dios me perdone, limpiarse el trasero con la
sagradas escrituras, aunque no fueran más que unos trozos. Ni siquiera le
preguntó al pope si aquello era pecado y puso en el retrete unos números
antiguos de Scánteia [publicación oficial del Partido Comunista Rumano. N.T.],
entre los que estaba el del decreto contra el aborto, con el discurso del
camarada Ceauşescu sobre el crecimiento del número de niños por habitante. Y os
digo seguro que lo que pasó fue cosa del diablo, porque, justo a los nueve meses
de usar el periódico, la mujer dio a un luz un niño de lo más rollizo, igualito
que el Sr. Nicu. Y el caso es que el amigo este mío ni siquiera había estado en
su casa durante aquel periodo, como para decir que… en fin, ya me entiendéis…Se
quedaron los dos pasmados y criaron al pimpollo, porque no pudieron pedir ni la
pensión alimentaria. Así es como vinieron al mundo los
niños-decreto…
En fin…volviendo a mi visita. El tío Nico se pone a rascar
otra vez el dado, luego mira a los dos lados y saca del armario un vinito y una
caja de puros, que al principio me pareció de bombones, la verdad. Pero se veía
en su cara que tenía miedo de que Leana lo trincara bebiendo y de que le pusiera
la cabeza como un bombo. El vino, muy bueno, qué quieres que te diga; el viejo
tenía buen gusto. “Coge uno, me dice, me los ha mandado Fidel Castro para el 23
de agosto”. Lástima que no me viera mi mujer, porque parecía Kojac, hay que ver
lo que le gustó la peli esa. “A ver, moldavo, ¿tú has oído hablar de un tal
Goma?”, me pregunta el fiambre. Y yo, para no parecer tonto del todo, le digo:
“Pues yo creo que sí me suena el nombre este, camarada Secretario…”, pensando en
que sería algún pez gordo del partido o algo por el estilo. “Muy bien, pues,
venga, cuéntame todo lo que sepas. ¿Dónde has oído hablar de él?”. Y yo qué
podía decir, nada porque empecé a tartamudear. No tenía ni idea de quién era y
tampoco hoy en día lo sé, pero me quedé con el nombre, porque no es muy
corriente. “Me parece que era uno de los que trabajaba en nuestro taller…”,
intenté arreglar la cosa. “No, hombre, este del que te hablo yo es un
sinvergüenza”. “Pues este del que le digo yo tampoco es un santo”, forcé yo un
poco la cosa. “Y de Iliescu, ¿has oído hablar?”. “Pues no, camarada Secretario
General…”. “¡Mejor, porque es otro golfo, aún peor que el otro!”. De verdad que
es lo que dijo. Porque cuando lo vi en la tele durante la revolución, me acordé
essastamente de nuestra conversación. “Mira lo que te digo: si me muero
yo y caeis en manos del gitano ese de Iliescu, vais de culo”. “Pero, ¿qué es eso
de que usted se muera, camarada Secretario General?... ¿Cómo es posible?”. “Pues
es posible, moldavo, que conmigo cualquier cosa es posible”. “Ya…”, dije yo como
un idiota. “Lo mismo os arranca la piel a tiras, como en la KGB. Ya veréis cómo
me echaréis de menos”. Hay que ver, macho, es como si lo estuviera oyendo ahora
mismito. Seguro que se olía la tostada. “Si se le ocurre seguir el modelo de
Gorbi y os mete en una transición, que es lo que no deja de repetirme, no os
sacarán de ella ni los americanos. Que el tío no deja de darme la tabarra con lo
del túnel de la transción, con la luz esa del final que nos espera a todos los
rumanos. ¡Y una mierda! Como entremos en el túnel, nos sacan hechos trizas, como
si fuéramos piezas de recambio. ¡Tú hazme caso a mí!”. Ya ves, todo lo que me
dijo el pobre, que se lo cargaron sin motivo, se ha cumplido; ni que lo hubiera
leído en algún sitio. Después de la revolución, oí exactamente sus palabras en
boca de Iliescu y en la de otros, ni que hubieran estado con las antenas puestas
mientras hablábamos nosotros. Y al cabo de un rato el Fiambre mira el reloj y me
dice: “Creo que tengo que abrirme, que llego tarde a la partida”. “Perdone las
molestias, camarada Secretario…”. “Un momento, hombre, ¿dónde te vas tú con las
manos vacías?”. Revuelve algo por debajo de la mesa y saca dos paquetes, muy
bien atados con un lacito. “Mira, hombre, esto es para Alina, tu hija, aquí
tienes unas sandalias Guban y un par de plátanos, y esto es para Marius, dos
raquetas de tenis y una tableta de chocolate chino”. Me quedé como un pasmarote.
Lo sabía todo, macho. Hasta lo que querían mis hijos, yo que le había dicho que
no tenía… Fue todo un caballero, qué quieres que te diga. Después de todas las
trolas que le había soltado, hubiera podido echarme encima al gorila aquel y
hacerme polvo y luego decirle a mi mujer que viniera con el cogedor a llevarme a
casa. Pero él no, nada de eso, hasta me dio regalos antes de irme, es que fue un
chico de lo más fino… ¿Qué más quieres? Me dio los paquetes, guardó el vino,
limpió las huellas y se escabulló por una puerta lateral. Y desde entonces no lo
he vuelto a ver. Bueno, en fin, sólo en la tele… Y en lo que miraba yo las
cortinas de Pascani, no porque anduviera pensando en meter una en la bolsa, sino
por ver algo de calidad, entra el mamotreto de la cicatriz, ondeando el trapito.
“¿Qué tal, moldavo, cómo te ha ido?”. Y me echa una sonrisa de esas dobles, que
me entra un escalofrío por la rabadilla; la cosa es que con una boca se reía y
con la otra parecía que lloraba. Y yo allí, sin saber cómo reaccionar. Cojo otra
vez el ascensor, me trago los pasillos, vuelvo a cruzar por donde olía a café y
a filetes rebozados, porque la verdad es que de comer no había sacado nada, y
tenía el estómago revuelto por culpa del puro. Y pensé en cómo coño pueden fumar
los cubanos esos tan desnutridos un tabaco tan venenoso como ese. Lo mismo
tienen el estómago como un colador, hay que joderse, porque, si no, es que no me
lo explico. El camino se me hizo más largo a la vuelta, pero por lo menos llegué
a la puerta, con los paquetes debajo de los sobacos, como si llevara dos
sandías. Y qué penita me daba dejar atrás el Comité Central, con lo bien que
olía y el fresquito que hacía, con todas las partidas de tute que se echaban
allí y los puros aquellos que se fumaban, pero me di cuenta perfectamente de que
aquel sitio no estaba hecho para mí, aunque la verdad es que me las hubiera
apañado de maravilla. Como todavía me quedaba una duda y no quería morir tonto,
al salir le pregunté al armatoste aquel: “Camarada, permítame una pregunta:
¿cómo se ha dado cuenta desde el principio de que soy moldavo?”. “Muy fácil,
amigo. Sólo los moldavos llaman a la puerta haciendo morse, cuando el timbre
está ahí mismico, a la derecha, ¿o no lo ves ahí?”. Tenía razón la mole aquella,
el timbre estaba allí, sólo que no lo había visto, qué quieres… Le di las
gracias y me piré en el momento a la estación, porque lo mismo le entraba el
siroco y me ponía otra vez a hacer la tabla de gimnasia. Cuando llegué a casa,
el Dacia estaba delante del bloque. “Sí, tío Mitu, ¿pero cómo sabías que el
Dacia ese era el tuyo, te dijo la matrícula?”. “Ya ves tú lo que le interesa al
julai este… ¿otra pregunta más inteligente no me podías hacer? ¿cómo que de
dónde lo sabía? Pues porque yo sé leer y en el cristal había una nota en la que
ponía “Para Mitu”. “Vale, tío Mitu, ¿y te pones así conmigo sólo por eso?”. “¿Y
ahora dónde está el coche?”. “Pues lo vendí al día siguiente, porque yo no tengo
carné. Venga, por nosotros, que tengo la garganta seca”. “Y con lo de llegar
tarde ¿qué ha pasado?”. “Vaya hombre, estamos aquí como en la Gestapo, hay que
ver…”. Venga, sanseacabó. Fin de la historia.
Guestbook
1/30/2009 7:56 PMRe: fracezi??
dan lungu
40, Romania
Aceasta e varianta spaniola. Pentru cea romaneasca,mergeti aici:
http://www.polirom.ro/catalog/carte/raiul-gainilor-2649/arunca_o_privire.html
http://www.polirom.ro/catalog/carte/raiul-gainilor-2649/arunca_o_privire.html



1/30/2009 2:10 PMfracezi??